IA y ética, ¿divorcio a la vista tras la victoria de Trump?
¿Tomarán la IA y la ética sendas divergentes con Trump en la Casa Blanca?
A la hora de gestionar el desarrollo de la IA el gobierno capitaneado por Donald Trump dará prioridad probablemente a la economía por encima de la ética.
Cuando Donald Trump se convierta el próximo mes de enero en el nuevo presidente de Estados Unidos, el republicano concentrará en sus manos un inusitado nivel de poder. Lo que Trump hará con ese poder es objeto de toda una plétora de especulaciones y aún no hay aún nada definitivo a este respecto. No obstante, y aun cuando conjeturar es a menudo un ejercicio absolutamente baldío, sí merece quizás la pena elucubrar sobre los planes de futuro de Trump en relación con la tecnología más pujante del momento: la inteligencia artificial (IA).
El futuro presidente de la primera potencia económica mundial tiene por lo pronto fama de tecnófobo y parece tener no pocos problemas a la hora de bregar con las innovaciones tecnológicas. Trump obliga, por ejemplo, a los empleados de su equipo a imprimir los comentarios que se vuelcan sobre él en las redes sociales, contempla con más suspicacia que otra cosa la pujante electromovilidad y abjura asimismo de la energía eólica y otras energías renovables.
Sin embargo, y aun renegando en buena medida de la tecnología, Trump sí pone, por el contrario, ojitos a la IA, y lo hace influenciado probablemente por su aliado Elon Musk, que dirigirá el nuevo Departamento de Eficiencia Gubernamental del gabinete del próximo mandatario de Estados Unidos. Si el magnate bebe los vientos por la IA, es en buena medida porque la nueva ola digitalización que promete esta tecnología tendrá supuestamente un efecto balsámico en la economía estadounidense y propulsará su crecimiento.
Además, y en tanto en cuanto Nvidia, que domina a día de hoy el mercado de los chips de IA, es una empresa radicada en Estados Unidos, el país norteamericano lleva claramente la delantera a los rivales oriundos de China que se desenvuelven en este ámbito de actividad.
No resultaría, en este sentido, en modo alguno sorprendente que la promoción de la IA se convirtiera en un asunto económico absolutamente prioritario para el futuro gobierno liderado por Donald Trump, que dará probablemente alas a las empresas adscritas a este ramo de actividad gracias a su amplia mayoría en el Senado y en la Cámara de Representantes.
El segundo mandato del empresario estadounidense al frente de la Casa Blanca coincidirá en el tiempo casi con toda seguridad con acontecimientos de muchísima magnitud en la industria de la IA. Sam Altman, CEO de OpenAI, ya ha adelantado que la primera versión de la inteligencia artificial general de la empresa que dirige saldrá del cascarón en 2025. Y Eric Schmidt, el que fuera CEO de Google, asegura que en un plazo de apenas cinco años la IA podrá aprovisionar a sí misma de mejoras sin la intermediación de los seres humanos de carne y hueso.
¿Significará el gobierno de Trump un retroceso en la regulación de la IA?
Los avances que se ciernen en el horizonte en el universo de la IA son tan fascinantes como potencialmente abracadabrantes y ponen sobre la mesa importantes cuestiones de naturaleza regulatoria en relación con el control (quizás ya imposible) de la tecnología de moda.
Si echamos la vista atrás para colocar bajo la lupa otros desarrollos tecnológicos, las regulaciones suelen entran en escena cuando la tecnología ya ha alcanzado suficiente grado de madurez como para ejercer un control real sobre ella.
No es posible aventurar con precisión los saltos (quizás cuánticos) que protagonizará la IA en los años venideros, pero sí parece claro que con Trump en la Casa Blanca las autoridades estadounidenses no se concentrarán tanto en los problemas éticos planteados por el desarrollo de esta tecnología como en la bondad de esta en clave económica (a menos, eso sí, que el nuevo ejecutivo estadounidense tenga una abrumadora opinión pública en contra).
En el área de la IA podrían hacerse sacrificios desde el punto de vista ético como los que promueve actualmente en el segmento de los coches autónomos Tesla, la empresa de vehículos eléctricos de Elon Musk, el fiel escudero de Donald Trump. La compañía liderada por el empresario sudafricano insiste en que sus automóviles autónomos son ya perfectamente capaces de lanzarse a la carretera sin la mediación de los humanos (aun cuando la IA imbricada en sus modelos sigue traduciéndose en accidentes). Sin embargo, a juicio de Musk es importante que, pese a los accidentes ocasionales, sus vehículos autónomos puedan seguir circulando para utilizar los datos emanados de las pruebas con el último objetivo de perfeccionar la IA alojada en sus entrañas. Desde el punto de vista Musk, los accidentes provocados por los coches autónomos son solo un pequeño precio que hay que pagar para digitalizar el tráfico vial y en último término hacer también más seguro el transporte por carretera.
De manera similar, durante la revolución industrial los daños medioambientales y la destrucción de miles de puestos de trabajo no fueron argumentos suficientes para dar el alto a la construcción de más y más fábricas. Sin embargo, en la revolución propiciada por la IA deberán aplicarse necesariamente estándares diferentes, pues en este caso son las capacidades humanas, aquellas que definen a los seres humanos como tales, las que van a ser potencialmente víctimas de la industrialización.
Bajo la batuta de Trump no puede descartarse en modo alguno que la IA termine pasando como un rodillo por encima de los pilares sobre los que se levanta la identidad humana para propiciar (como sea y caiga quien caiga) el milagro económico que el próximo presidente de Estados Unidos espera hacer realidad durante su segundo mandato en la Casa Blanca